lunes, 18 de mayo de 2015

CARTA A DIOS..recibido de Atilano Alaiz,para reflexionar...



CARTA A DIOS
      1.Una vida sencilla y llana. A veces pienso que he tenido “demasiada buena suerte”. Los santos ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mí no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los Olivos, sin haber tenido yo mi agonía en Getsemaní. Pero es que tú –no sé por qué- jamás me sacaste del Domingo de Ramos. Incluso alguna vez –en mis sueños heroicos- he pensado que me habría gustado tener yo también alguna crisis de fe para demostrarte a ti y a mí mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.
    2. A pesar del pecado y sin grandes tribulaciones. Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades. Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria, he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo. También me gustaría presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aun en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. De que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño, y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello siempre saqué ganas de ser mejor y hasta miseriosas amistades.
     3º. En la vocación sacerdotal. Luego me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me ha acostumbro aún a celebrar la Eucaristía y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente –siempre más de lo que yo personalmente sabría- y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro, -¿sabes?- leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún –gracias a ti- no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte. Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el más desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos. ¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternura que pensar en María?
     4º- En la tierra como en el cielo. He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido feliz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque este es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones: si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte. Por eso me da pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡si estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en el crecimiento de tu Reino, en la multiplicación de la bondad y la fraternidad entre nuestros hermanos!    
     Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Cómo premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.
     Por todo eso, Dios mío, he querido hablar de ti y contigo en esta página final de “Mis razones para el amor”. Tú eres la última y única razón de mi amor. No tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fuera reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme”. “Razones para el amor”, José Luis Martín Descalzo   
PARA LA REFLEXIÓN, EL DIÁLOGO Y LA ORACIÓN
       Lecturas bíblicas
. Jn 3,16-21: Jesús a quien el Padre nos da como Hermano Amigo
                         es la prueba suprema del amor del Padre.
           . Rm 8,28-36: Estamos llamados a reproducir los ragos de Jesús.
      Cuestionario      
        1º- ¿Qué sentimientos ha provocado en mí esta “carta a Dios”?
         2º- ¿Qué pensamientos me han impactado más? ¿Por qué?
      3º- ¿Con qué afirmaciones y sentimientos me identifico más?
        4º- ¿A qué compromisos o cambios me invita formular o me invita a   
                 reafirmar?
        5º- ¿Tengo alguna propuesta o sugerencia que hacer para enriquecer la
                 vida de la comunidad,  de cada grupo y de cada miembro?  
 

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